CUENTO N° 23: SIN UN ADIOS
Abuelita,
ayer fui a tu casa a saludarte. Me recibiste como solo tú sabes hacerlo.
Siempre me has dicho que soy la reina y ya estoy
convencida. Me permitiste desordenar todas tus cosas, tus tejidos, tus manteles
pintados, tus álbumes de fotos, los recuerdos de tus hijas.
Luego me preparaste el jugo de ciruela que tanto me gusta y
me llamaste al sillón de la sala para sentarnos a conversar.
Me dejaste que me acueste en tu regazo y acariciaste mi cabeza con tus manos que resbalaban sobre mis cabellos. Y yo fui muy feliz.
Conversamos de muchas cosas, me contaste de un pretendiente
que tuviste, del colegio donde estudiaste y del cariño que se tienen entre
varias amigas de tu promoción.
Yo te conté de mis estudios, de mis amigos y de mis clases
de marinera, y me pediste que bailara para ti. Por supuesto que lo hice y
cuando me veías yo pensaba que esa era la taquilla que quería para mi
espectáculo, ni más ni menos. Acabé de bailar y después acabó la música. Yo te
expliqué que eso no debía suceder y que era porque todavía soy aprendiz. Tú me
dijiste, mi reina, no te preocupes, todos somos aficionados, la vida no da para
más. Eso lo dijo Charles Chaplin.
Cuando acabé mis evoluciones, tú me aplaudiste con
sonoridad, con entusiasmo, con mucha alegría y me hiciste sentir como la gran
bailarina que tú quieres que sea.
A las 9 de la noche, mamá pasó a recogerme. Me diste un beso y un abrazo interminables ¿no querías que me vaya no es cierto?
En los días siguientes, cuando pregunté por ti, mamá me dijo que esa misma noche, la joven que vive contigo contó que te llevaste las manos a la cabeza, gritaste (de dolor ¿no mamita?) y luego te llevaron al hospital.
Abuelita ahora que
han pasado varios meses, yo pienso que decidiste el camino más triste para
despedirte. Te fuiste sin más.
Han pasado varios días y no he sabido mucho de ti. Te extraño mucho.
Me están llevando a una sicóloga que me dice que las
personas que queremos pueden enfermarse incluso muy gravemente y morir, pero
que debemos aceptar las cosas porque la vida es así. Y entre tanto tú no
vienes, abuelita.
Yo le pregunto a mamá que porque no regresas a casa. La veo
llorando y me dice que estás enfermita y que ya vas a venir. Yo le insisto que
cuándo será, que día. Y mamá se molesta y me cambia de tema.
Abuelita, mañana voy a cumplir 11 años y no estás.
Cuando han pasado unas semanas abuelita me han dicho que ya
estás en casa y ése es el mejor regalo que Dios me tenía reservado.
Pues, me he puesto bonita con un vestido que me regalaste,
he cortado unas flores del jazmín de mi casa y las he sembrado en mis sienes;
todo solo para celebrar que puedo verte otra vez mamita querida.
Abuelita, por eso te digo que elegiste el camino más cruel
para irte. Allí estás en tu silla de ruedas, me ves, sonríes y no te entiendo.
Te has olvidado de hablar y también te has olvidado de nosotros.
No reconoces a nadie. Sonríes sin motivo.
Sí abuelita, ya te fuiste para siempre y ni siquiera te despediste de mí.
Sí abuelita, ya te fuiste para siempre y ni siquiera te despediste de mí.
Pero tu presencia que ya no es, es nuestro único consuelo.
Solamente que nosotros podemos quererte, y tú no. Solamente
que nosotros nos alegramos de tenerte y tú no. Solo que a nosotros nomás nos
duele tu partida y a ti no.
ALFREDO ENRIQUE GUERRÓN OJEDA
ALFREDO ENRIQUE GUERRÓN OJEDA
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