CUENTO N° 20: DE INTELIGENCIA SUPERIOR
Yo
fui, lo que se dice, un niño prodigio. Aprendí a leer a los cuatro años, y las
operaciones matemáticas elementales a la vez. Tuve una gran ventaja, mamá era
profesora y nos tenía un gran cariño y una paciencia del mismo tamaño.
Pero
además de adquirir esas habilidades, digamos que normales, debo mencionar que
desde pequeño yo recuerdo que me gustaba delatar a mis compañeros de juego, a
mis amigos, a mis condiscípulos.
Y
eso era para mí, prodigioso.
Siempre
estuve atento a los detalles, escuchaba las conversaciones, leía las cartas que
dejaban a mi alcance, descuidadamente, las personas. Con eso construía
escenarios lógicos y creíbles.
Delatar
era algo que iba más allá de mi control. Mamá me aconsejaba que no actuara así,
igual mis profesores, pero sus consejos nunca me convencieron del todo y solo
postergaban mi comportamiento. Ahora que soy biólogo he llegado a sospechar que
tengo el gen de la delación.
Muchos
me decían “acuseta” y yo, no les hacía caso y, justificaba mis acciones
diciéndome que yo acusaba a mis amigos para que sean mejores y para que sus
padres o sus maestros les pudieran ayudar.
Delatar era mi ejercicio cotidiano en clase, en
mi barrio, en mi familia. Con lo que me gané a pulso la antipatía de mis
coetáneos.
Cuando pasó el tiempo, me endilgaron un
adjetivo más agresivo: soplón. Con el tiempo lo adopté como un grado más de
evolución en mi carrera.
Además, yo leía y leía. Digamos que era una
rara avis en mi entorno.
Y
me encantaba analizar personajes que la historia calificaba de siniestros pero
que, para mí, tenían su lugar como gatillos, es decir como desencadenantes de
aquellos episodios calificados como trascendentales.
Uno
de mis referentes era, para el espanto de todos ustedes, Judas Iscariote. Y
concluí que en la venta de información por la presa máxima, Jesús, se le pagó
mucho. Los negociadores se desesperaron y ofrecieron mucho.
Claro
en esos tiempos el marketing estaba en pañales.
Pero
Judas, si hubiera analizado muy bien la ocasión, debió haber hecho el trabajo
gratis o por un precio simbólico, era lo justo.
Tal
como lo hubiera hecho cualquiera que previera el potencial de los
acontecimientos.
Pero,
por favor, que no se me malinterprete. Yo soy católico, solamente estoy
analizando fríamente una transacción que estaba súper pagada solo con la
publicidad que te daba el realizarla.
Porque
el mayor pago que recibió Judas, no fueron las monedas, no; Judas llegó a estar
en las vidrieras y pasó a la posteridad, como uno de los mayores facilitadores
de información del mundo.
La
fama que le dicen y a la que, fatalmente, no aprovechó.
Se
desesperó y la desesperación es mala consejera en transacciones importantes.
Yo
quería dedicarme a vender información y para mi tranquilidad, me enteré que los
soplones profesionales pertenecen a los organismos de inteligencia del estado y
de las empresas privadas.
Incluso
hay escuelas superiores de Inteligencia sobre todo en los organismos
castrenses.
Para
lo cual me hice militar.
Ingresé
a una de estas escuelas pretorianas y quedé gratamente sorprendido de la
sistematización científica de la actividad para lo que yo sentía que había
nacido.
No
le pudieron poner mejor nombre a nuestro quehacer.
Definitivamente,
somos los inteligentes del barrio.
Ahora,
es el momento de la Inteligencia, el manejo de la información es vital, con
ello te anticipas a los conflictos, te enteras de los planes de la competencia,
obtienes bases de datos con cartera de clientes, obtienes un listado de los
clientes malos pagadores, te enteras de la vida y milagros de las personas,
incluso te sirve para chantajear, controlar a tus enemigos, fabricar guerras.
Nuestra
extraordinaria y tantas veces incomprendida profesión está involucrada en las
asonadas, los golpes de estado, en los magnicidios, en los atentados, en el
manejo de la opinión pública, en la asesoría de los candidatos a elecciones
públicas, en los delitos, en los crímenes, en la empresa, en los sindicatos, en
los clubes, en las asociaciones, en los boicots, en la iglesia, en los
ministerios, en el gobierno.
Usamos
todas las artes posibles: grabaciones, mini cámaras, fotos, videos, mujeres que
actúen como carnadas.
Intervenimos
teléfonos fijos y móviles, correos electrónicos, computadoras, escritorios,
habitaciones, hoteles, restaurantes, karaokes.
Y,
por si no lo sabían, hay un morbo que está extendido entre los gerentes, desean
saber hasta el mínimo detalle de la vida y pasión de sus trabajadores.
Por
ejemplo, hace poco un gerente me contrató para que siga a sus empleados a un
karaoke y quería que le consiga información grabada y filmada de quienes
fueron, como llegaron, solos o juntos, que tipo de canciones cantaron, quienes
cantaron y si cantaron bien o no, cuanto consumieron, hasta que horas se
quedaron y al salir como se fueron, quienes con quienes se acompañaron.
Y
por supuesto que me averigüe que es lo que hablaron. Yo no sé para que le sirva
esta información, pero se me ocurre que es para variar sus motivos de
masturbación.
Hoy
el mundo exige saber que hacen las esposas cuando están solas, que vicios
tienen las personas, que es lo que le gusta a la gente. Esto tiene un nombre
más elegante se llama estudio de mercado.
Nosotros
también damos esa información.
Y
mi autoestima se proyectó a la estratósfera cuando me contrataron para laborar
como “soplón” (ahora hasta me burlo de esta palabrita) en un organismo de
Inteligencia estatal.
Habiendo
nacido para esto y con la pasión que dedico a mi actividad, era lo justo. Hasta
que llegué a la luz del final del túnel.
Ahora
pertenezco a esa élite de superdotados de materia gris a los que se les paga
por su cerebro.
Así
que, profesores, padres de familia, si su hijo, si su alumno, da muestras
innatas de ser “acuseta”, soplón, cultívenlo.
No
lo castiguen, traten de aconsejarlo hasta cierto límite, pero si detectan en el
niño un rumbo visceral para ser soplón, no le corten esa sublime vocación.
No
seamos hipócritas, ellos van a constituir las canteras de la Inteligencia que
reemplazarán a los que nos vamos obligados por el tiempo.
Esos
niños son los que tomarán la posta de aquellos soplones que están por retirarse
y que dieron su vida por la sagrada tarea de elevar el chisme casero, de
callejón, de mercadillo a los altares de la intelectualidad.
ALFREDO ENRIQUE GUERRÓN OJEDA
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