CUENTO N° 19: FE, ESPERANZA Y CARIDAD


A la salida del cine Grau, en la ciudad de Sullana, siempre nos esperaba un canillita de unos 62 años.
Era un señor algo gordo, de piel cetrina y muy amable, se diría con modales ectópicos para él.
Le comprábamos, "Ultima Hora", un diario matutino de Lima que llegaba en la noche a Sullana. Yo me hice algo amigo de él. Me contó que su hijo estaba estudiando Ingeniería Civil en la Universidad de Ica (al sur de Sullana, a unos 1300 kilómetros) y que él trabajaba para ayudarlo a ser profesional (a eso se llama Fe).
Se le notaba el orgullo de padre y su dignidad.
A veces lo veía mal trajeado y sin afeitar, pero siempre trabajando hasta muy noche.
En los años siguientes me comentó que a su hijo le faltaban dos años para culminar su carrera y que su unigénito le había prometido que apenas reciba su título de Ingeniero quería que viva con él y que ya no trabaje   (a eso se llama Esperanza).
Pasó el tiempo, me fui de Sullana para siempre y una vez volví de visita muy breve y fui por el cine Grau. Y a la salida lo encontré vendiendo sus noticias, pero noté que lucía demasiado gris, mucho más viejo, y me pareció que había sido desposeído de la ilusión.
Tenía la cabeza enterrada en el pavimento, la mirada perdida, estaba demasiado cansado, y muy descuidado en su aspecto personal. Y me intrigó la tenida negra que lo atrapaba. Me acerqué, lo saludé e hice la pregunta inevitable por su hijo.
Levantó su cabeza haciendo un esfuerzo sobrehumano, me reconoció y me dijo, jovencito, mi hijo se recibió de Ingeniero y estaba por regresar a Sullana. Jovencito, mi hijo se fue con unos amigos a una playa en Ica y se me ahogó. Me lo devolvieron sin ni un poquito de vida.
Me quedé paralizado, se me corrieron las lágrimas, luego lo abracé y le ofrecí mis más sentidas condolencias (Eso es Caridad).
Después me fui de Sullana otra vez para siempre. Este recuerdo vuelve cuando quiere para enseñarme que los designios de Dios son incomprensibles y sólo nos queda aceptarlos.
ALFREDO ENRIQUE GUERRÓN OJEDA

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