CUENTO N° 21: NO MATARÁS
Debí
haberlo matado, pero cuando tuve la mejor oportunidad, dudé.
Soy
César Landauri, ex – infante de marina, ex - esposo, ex – profesor de gimnasia
y ex - persona.
Manejo multitud de armas con gran destreza
y aprendí a matar sin dejar rastros. Fue importante adquirir ese bagaje de
asesino porque combatí en el frente externo en una pequeña guerra (pequeña
porque duró pocas semanas) y en el frente interno contra el terrorismo. No
tengo ningún remordimiento en matar. Soy un profesional de la guerra.
En
el servicio de Inteligencia, mis jefes me encargaron eliminar al Comandante
Salvatierra porque con sus debilidades ponía en peligro a todo el sistema. Sus
debilidades eran las clásicas que ustedes conocen: las mujeres, el licor, la
cocaína y …los hombres (sí pues, al más macho de la Marina del Perú, le
gustaban los reclutas, aquellos efebos que lo hacían gruñir de placer).
Yo
era su adlátere, su chofer, su mayordomo, su secretario, su sombra.
Compartíamos muchas horas juntos, muchos secretos y si me permiten develar uno,
compartíamos a su mujer.
La
primera vez que comí la fruta del jardín prohibido ocurrió cuando lo traje a su
casa (una mansión en uno de los mejores distritos de Lima, signo exterior de
riqueza que delataba que cuando era jefe de la zona de emergencia en la selva
peruana, obtuvo pingües ganancias en alianza con los narcotraficantes de la
zona. Los narcos lo habían declarado hijo predilecto, mi hermano del alma, mi
pataza y lo forraban en dólares y en cocaína para su consumo), estaba ebrio y
lo ingresé hasta su habitación cargado.
Nos
había recibido Gabriela, su esposa, una diosa de 40 años, en una discreta bata
transparente de color melón que me dejó atónito. Se puso roja de ira o de
vergüenza. Al final me dijo gracias César, por favor no te vayas, te invito un
trago. Yo me sorprendí y luego de un análisis bélico de la situación accedí. Me
sirvió wiskhy con hielo, ella se sirvió otro tanto y se sentó frente a mí.
Estaba con la bata que se resbalaba de sus poderosos muslos y dejaba un camino
para la imaginación que iba a exacerbar el bendito licor. Me dijo que estaba
harta, que no tenía vida marital, y tenía que soportar las humillaciones de sus
vicios. Y tenía un gran temor de contraer Sida porque ya lo había descubierto
con amantes masculinos. Se le habían perdido unas batas y ella pensaba con
mucha buena fe que era porque se la regalaba a sus amantes féminas de mala
muerte hasta que una vez regresó a su casa de un viaje, días antes de lo
previsto y encontró a su marido el comandante Salvatierra, el más macho de la
Marina del Perú, vestido con una de sus batas perdidas en arrumacos con un
joven atlético de corte militar. El esposo la gritó y le dijo lárgate, no hagas
escándalo. Tú no has visto nada y otra vez avisa si vas a venir antes.
Gabriela
sirvió la segunda ronda de licor y puso música. Me dijo César, hace tiempo que
no bailo, podemos bailar. Señora, le dije, yo no sé bailar. Ella me tomó de la
mano para bailar y me dijo, no me llames Señora, llámame Gabriela. La sala era
grande, su culo era grande, sus tetas eran grandes y mi deseo empezaba a crecer
para alcanzar esos tamaños. No quise ser imprudente y por si acaso la dejé
tomar la iniciativa, no vaya a ser que un marino (el colmo) se lance a la
piscina sin agua.
Bailamos
al compás de una música y se me acercó como la serpiente del paraíso. Para esto
mi serpiente del paraíso ya pasaba de gel a sólida.
Gabriela
me dijo estoy desesperada César, con una voz que me erizaba los pelos y se puso
a llorar en mi hombro. Necesito sentirme mujer y a alguien que me haga sentir
mujer. Luego me besó furiosamente y comenzó a resbalarse por mi pecho para
pintar con su saliva cada centímetro de mi piel. Cumplía así con el ritual de
la adoración y luego se prendió con sus labios del mástil que acostumbro llevar
siempre conmigo para homenajear a mi patria, y sentí un vacío de succión que me
desorbitó, me sentí en el infierno total, porque allí es donde están los
placeres máximos.
Y
Gabriela seguía en un intento obsesivo de succionar una savia vital que yo
debía proporcionarle. Ese día me enseñó como es que una mujer puede ser
declarada Perita en ese difícil arte, sin temor a endilgarle ese merecido
título. Finalmente inundé sus labios con el icor que buscaba y gritó, se jaló
los cabellos, me hundió las uñas, me mordió. Luego fue al baño y al regresar me
dijo César, gracias, no sabes cuánto ha significado esta noche para mí. He
vuelto a vivir. Hasta había pensado en suicidarme.
Desde
hace años sueño que me violan, me acorralan varios desconocidos, pero cuando
van a violarme, nunca ocurre el evento y me despierto mojadita y como casi
nunca está mi marido me dedico a disfrutar de los placeres individuales,
egoístas, onanistas.
Después
tuvimos innumerables encuentros en su casa, en su cocina, en la escalera, en la
biblioteca, en la piscina. Me pedía que ingrese en ella a la fuerza, le
excitaba la violencia. Cada vez me sorprendía gratamente, me trataba como rey.
Se arreglaba y se ponía mucho más bonita para mí.
Alguna
vez le compré un vestido, y me dijo, esto merece un strip tease, puso luz de
penumbra, música suave y se movió como una puta sólo para mí, se quitó su
vestido y luego se puso, con un exquisito arte de cabaret, el vestido que yo le
había traído. Luego lo destrozamos para dar rienda suelta a nuestros más bajos
instintos. Eso, con los más bajos instintos se llega a las cumbres más altas en
el sexo y en el amor.
Pero
les diré que no todos los vestidos que le regalé los destrozamos juntos,
algunos los destrozó ella sola cuando pensaba en mí y los horadaba ferozmente
en un intento poético de recrear un estupro total.
Cuando
éramos una pareja total, y nuestra felicidad solo era empañada por la presencia
inoportuna del comandante Salvatierra, ella me pidió que lo matara, me dijo que
él tenía un buen seguro de vida y con eso podríamos vivir felices para siempre.
En
verdad él nos estorbaba. Yo tenía todas las ventajas, conocía todos sus
movimientos. Lo traía, la mayoría de veces, inconsciente a su casa. Estaba
fácil. La idea era matarlo sin dejar huella. Entonces aparentemente desde todos
los frentes la orden era matarlo.
Mis jefes me prometieron que podían desaparecerlo, primero yo lo mataba, luego ellos se encargaban de incinerarlo en un hornito y luego esparcirían las cenizas en alguna carretera. A la mierda con el quinto mandamiento.
Mis jefes me prometieron que podían desaparecerlo, primero yo lo mataba, luego ellos se encargaban de incinerarlo en un hornito y luego esparcirían las cenizas en alguna carretera. A la mierda con el quinto mandamiento.
El
día llegó, estaba decidido.
Pero
extrañamente mi conciencia apareció para estorbar mi frialdad. Cómo era posible
que yo le fallara al comandante así, tan deslealmente. Yo ganaba un buen sueldo
como su asistente y mi trabajo no era pesado.
Hubo
épocas en las que fuimos amigos y alguna vez me aconsejó en alguna encrucijada
personal.
Si
mis jefes querían que muera el Comandante. ¿Porque me encargaron precisamente a
mí esa tarea?
Y
lo peor de todo es que me convenía que muera para ser felices con Gabriela.
Empecé a cuestionar mis principios, la moral, la ética.
Él
confiaba plenamente en mí y además siempre iba armado con una pistola. Debía
tomar mis precauciones.
Lo
iba a matar de un tiro en la nuca en una carretera desolada porque ese día me
había pedido que lo lleve a su casa de campo. Seguro que tenía alguna cita con
una chica o con un mancebo.
En
el camino me dijo, César te doy un datazo, para tener un buen sexo, embadúrnate
la cabeza del pene con clorhidrato de cocaína y también a la vagina de tu
pareja. La idea es que se van a anestesiar esas zonas y van a tener la
sensación de tener unos genitales inmensos y eso les va a permitir un máximo
placer.
Le
dije, gracias mi Comandante, lo tomaré en cuenta.
Mientras
yo pensaba, el Comandante pensando en placer y yo en el tiro en su nuca.
Pero las cosas, a veces, ocurren de otras maneras a cómo las planificamos.
Yo
cometí un craso error, subestimé al Comandante.
Debí
haberlo matado, pero no tuve el alma de asesino para hacerlo y hoy, que
paradoja, soy apenas un alma.
ALFREDO ENRIQUE GUERRÓN OJEDA
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