CUENTO N° 22: LOS ABUELOS DE LA NADA
En el balneario de Asia, al sur de Lima en los
veranos, aparecían como por encanto hermosas sirenitas, reinas madres y los
galanes de todos los tiempos.
Las nenas que habíamos visto con
indiferencia ahora irrumpían en la arena del Coliseo con su armadura de
adolescentes. Y armadas con sus hormonas y sus feromonas lograban distraer a
todos, chicos y grandes.
Estabas leyendo el periódico y de pronto surgía
en la pasarela triunfante una mujer esbelta y abusiva de apenas 14 años.
Inevitable bajar el periódico, inevitable bajar las gafas, inevitable no bajar
la guardia.
Seguíamos la estela de aquella ninfa y en
el camino los mancebos olisqueaban y despojaban con la imaginación hasta la más
éxtima de sus prendas. Esas niñas eran una plaga. Contribuían al calentamiento
total.
Cada año eran un nuevo descubrimiento, un
comentario, ¿has visto a la hijita de María? ¡Qué increíble se ha puesto ¡¿no?
Se preguntaba alguien para obtener la solidaridad y no aparecer como el
pedófilo solitario. Los más avezados comentaban, ¡Qué tal culo ¡¿no? Ha sacado
el culo a su madre – que todavía está en algo – y en las tetas ya la dejó
chica, ahora con su mamá ya no pasa nada.
Los galanes de toda la vida se disputaban el cetro
de los más “montaraces”, los sementales del estío, según ellos prácticamente
todas las mujeres del balneario habían sido sometidas a su intercambio
genético.
Hubo una vez una reunión en la que un
galán comentaba que se había comido a casi todas las mujeres que estaban
presentes. El tipo no creía en nadie, incluso hablaba de sus conquistas que ya
estaban casadas.
Prácticamente era una máquina de producir
semen y de regarlo. Y por supuesto se floreaba diciendo que a todas las dejaba
satisfechas. Yo pensaba que me hubiera gustado entrevistar a algunas de sus
amantes y si ellas me corroboraban la capacidad amatoria del galán, no quedaba
nada más que aplaudirlo. Pero lo más probable era que la fanfarronería era su
modus vivendi.
Algunos de los oyentes escuchaban serios y
poco a poco se iban acomplejando, pues escuchaban al galán un tipo de 58 años
que les espetaba “a esa chiquilla que está bailando, hace dos días le he metido
dos polvos y la he dejado como un trapo”.
Yo escuchaba nomás, sonreía con aquel rictus
de la piedad, de la conmiseración con el prójimo y recordaba que hace poco
habíamos ido a un karaoke con mi esposa y a eso de las once de la noche vimos
entrar a dos galanes de esos, con 60 años a cuestas, cada uno con un hembrón,
hermosísimas, unas verdaderas reinas. Y durante dos horas se dedicaron a tomar
licor sobretodo ellos. Yo consideré un deber moral ineludible exponer un
manifiesto ante mi esposa y le dije:” mami, disculpa, pero si yo fuera uno de
ellos, primero tendría un período previo de abstinencia sexual de por lo menos
15 días, haría caminatas y no tomaría ni una maldita gota de licor, en todo
caso agua bendita. Que tal desperdicio. Estos tíos tienen a disposición unas reinas,
pero las chicas los van a tener que llevar en hombros y si van a un hotel con
ellos solo van a oirlos roncar”.
Por supuesto ellos al otro día van a decir que
les metieron 1, 2, 3, 4…(misma cuenta de boxeo) polvos. Mi esposa aceptó mi
comentario y los lapidó, si esos viejitos a las justas pueden con su alma y se
meten con chiquillas. No les rinden.
Toda la noche escuchamos un solo discurso
del “sementerio” andante.
Hasta que alguno harto de las glorias
literarias del padrillo comentó, disculpen, pero ¿a quién ha salido Pablo tan
cacherazo?, porque su padre es súper tranquilo. ¡¡Debe haber salido a su mamá¡¡
Por supuesto que las risotadas se escucharon a varios metros. Cuando vino
Pablito de bailar con una hermosa doncella preguntó ¿a ver cuenten el chiste? Y
alguien le contestó: acaban de cagar a un pata fanfarronazo.
Con el paso de los almanaques, los galanes
devinieron en testas cenizas y velocidad controlada. Un grupo de ellos no se
casaron y cuando ya empezaban a cursar la tercera edad nos dimos cuenta todos
que no habían dado frutos. Y surgió el nombre genial, nunca más exacto, nunca
más oportuno, se les bautizó como Los Abuelos de la Nada.
ALFREDO ENRIQUE GUERRÓN OJEDA
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